miércoles, 26 de marzo de 2014

¡Lo que no haga una madre¡



He mirado el reloj a las 2’15, a las 3’37 y la última a las 7’45, que son las que el aparato de la mesilla marca ahora en grandes números rojos. No puedo dormir sin tener a mi cabecera esos dígitos luminosos. Suelo despertarme una o dos veces cada noche, no sé bien si porque me desvelo o si sólo me tranquiliza mirar el paso del tiempo en el reloj, o, quizás, es ya una obsesión lo que altera mi sueño, que no se calma hasta comprobar en la pantalla del radiodespertador que las horas discurren imperturbables.  Nada de eso me causa ningún trastorno pues me levanto descansada  y con la sensación de haber dormido profundamente y de un tirón. A veces, he pensado que lo soñaba. Jorge me  amenazó con marcharse a otra habitación si programaba aquel amodo de huevo sideral que me compré en Colliure, cuando fuimos a visitar la tumba de Machado el verano pasado. ¡lástima¡, podía emitir varios sonidos que imitaban la naturaleza –pajaritos piando, el rugir de algún viento, y así hasta doce o trece sonidos de la madre tierra- o emitir una luz tenue con el intervalo que se deseara. Lo programé una noche con las olas del mar y Jorge lo arrancó del enchufe después de volver de mear. Dice que el ruidito del agua oprime sus esfínteres. Ahora lo ha quitado de mi vista para que no vuelva a intentarlo con otra sugerencia campestre. La alarma está programada con RNE para las 8 horas, me queda un cuarto de hora para rumiar el plan que nos hemos propuesto –Jorge y yo, mi hijo todavía no sabe nada- para “salvar” a Luis del sofá.

Desde que volvió de casa de mi hermana, el verano pasado, Luis no sale del sofá desvencijado que  instaló en su cuarto. Es uno de esos futones japoneses que compró mi cuñada en uno de sus alardes unilaterales de estar a la última, y que todos probamos, cuando nos invitó a su casa para demostrarnos los beneficios de las posturas orientales. Ninguno de nosotros, me refiero a nosotros y al resto de cuñados, fue capaz de levantarse por si mismo después de dos horas tumbado en el  dichoso artefacto. Como las modas son, por definición, pasajeras, lo sustituyó por otro, en este caso, noruego; no sin advertirnos que lo hacía porque los occidentales estamos ya agarrotados por generaciones y que lo pagaremos con cuantiosas facturas de fisioterapeutas que no pueden luchar contra nuestros hábitos mentales. Amen. Fue cuando Luis le pidió el futón. Y allí pasa su vida desde entonces. No asiste a sus clases ni se reúne con sus amigos. Nunca nos ha dado una explicación, ni intentado pretextar alguna dolencia, ni lo justifica con una astenia primaveral, no sólo porque estamos en pleno invierno, si no porque en el sofá lleva una actividad frenética: escribe mensajes, actualiza sus páginas webs, dibuja maquetas para discos, lee y relee pdfs, hace fotos, compone y escucha música, recibe llamadas telefónicas y visualiza sus series favoritas una y otra vez. Duerme 7 u 8 horas y se deja lavar pacientemente, quizás por no escucharme cuando le enumero las enfermedades que puede contraer con la falta de higiene. Se levanta al aseo para sus necesidades y yo vigilo sus heces por si comienza a estar estreñido, otro de los males que  puede ocasionarle la falta de movimiento. Le he reforzado las verduras y los cereales integrales y no se opone a la dieta –Luis siempre ha comido de todo- aunque noto que ha metido dos o tres kilos en estos cuatro meses.

-         Cariño ¿a ver si lo único que conseguimos es que salte de sofá a sofá? –le dije a Jorge mientras preparaba el café-
-         No hay ninguno en esa casa. Te he dicho que es una vivienda rural que no ofrece ninguna comodidad: ni electricidad, ni gas, ni ningún artilugio a los que estamos habituados. Tendremos que sacar el agua del pozo y desplazarnos en burro para acercarnos al pueblo. Sólo una baliza que podemos activar, como en los barcos, en caso de peligro. – dijo-


Fue Jorge el que entró en su cuarto y lo despertó

-         ¿A dónde? –escuché que dijo Luis escuetamente-
-         Al fin del mundo. –Jorge resumió el plan en esa sentencia, mientras daba por teléfono, las ultimas instrucciones a su secretaria-
-         No iré
-         Tu vas por delante, cariño, los tres solos enfrentados a la naturaleza. Nos vendrá bien a todos ¿no te parece?- dije interrumpiéndolos y pasando a guardar sus cosas en la mochila-
-         ¿Desde cuándo os interesa la naturaleza?
-         Tampoco habrá mucha.

No opuso resistencia. Tres horas de autovía y casi una hora de pista rural. No llueve nunca por estos lares, pero cuando lo hace arrastra  y desbasta el terreno. El camino ascendía suavemente hacia un  altozano donde se divisaba una vivienda. Lo que parecía a la mano, se hizo interminable. La ruta  iba discurriendo por senderos de áspera belleza, por tierras sometidas a duras jornadas de soles y vientos, que las  han ido raspando hasta destaparles sus  colores minerales  ocres, malvas, grises y rojizos, y han esculpido sabinas y enebros componiendo un universo de volúmenes, vacíos y líneas retorcidas. Caracoleamos duros barrancos lagarteando las rocas, que apenas dejaban espacio entre la ladera y el precipicio, y atravesamos los cauces  casi  secos de arroyos imposibles, que siembran de piedras y obstáculos el camino que teníamos que adivinar o reconstruir. Ninguno de los tres habló durante el trayecto.

-         ¿Qué has metido en esta caja? –se quejó Jorge-
-         Libros, libros para los tres.
-         Voy a sacar agua del pozo. Yo hago hoy la comida.-dijo Luis, como si nos tuviera habituados a su voz y a compartir los quehaceres culinarios-
-         No gastes las verduras que por aquí parece difícil que encontremos otras.
-         Mañana vendrá Gaspar y saldremos a cazar liebres. Comeremos lo que cacemos y recolectemos.
-         Jorge tu sabes que me horrorizan las escopetas. Yo no puedo ver matar a animales. Podías haberme consultado.
-         No habrá armas. Aquí se cazan con perros y hurones. Os enseñaré. De niño solía salir con él y con mi padre.
-         Aquí no hemos venido a admirar tus alardes campesinos.
-         Quizás nos venga bien saber quiénes somos.



Comimos unas berenjenas deliciosas con orégano y tomate. Bebimos un vino de pitarra. Luis bebió delante nuestra dos o tres vasos, como si fuera un experto. Nos sentamos envueltos en mantas en torno a la chimenea.

-         ¿Serán lobos? –dije asustada por los alaridos de alguna bestia-
-         Querida, esto es casi el desierto. –dijo el experto-

Luis salió fuera y comenzó a aullar. Su padre, lo imitó. Yo empezaba a creer que la terapia estaba dando resultado.

-         ¿A qué hora os fuisteis? No os sentí salir.
-         Querida, son las doce del mediodía. Has dormido sin despertador. Esto está dando resultados.
-         ¡AJJJ, qué asco¡ ¡cómo llevas ese gato sangrando¡ No tenéis corazón, habéis matado un animalito indefenso.
-         Es una liebre y le he roto el cuello con mis propias manos, como me ha dicho Gaspar, para que no sufra. Un chasquido y lista.

Me contuve. Pero empecé a saber que esto era más difícil de lo que imaginé. No pude probar ni un bocado de aquella carne que guisó Gaspar y que dejó esparcido por toda la casa, su olor dulzón a clavo –lo odiaba- y a laurel –Jorge rechazaba esa hoja que le recordaba a cualquiera de los guisos de su madre-. Nuestro hijo dio buena cuenta de lo que para él parecía un manjar.

-         Mamá, nunca hacemos estas cosas en casa.
-         ¿Quién se viene a ver la puesta de sol desde aquel otero? –nos propuso Luis-
-         Está muy lejos, cariño, y estoy cansado de la caminata de esta mañana. ¿Lo acompañarás tu, mujer?
-         Si vamos todos, me da miedo que nos perdamos, está lejos

Subimos a aquel altozano. La tarde no era muy fría pero soplaba un viento con el que también tuvimos que enfrentarnos. Me arañé las manos tratando de sujetarme a las raquíticas ramas, cuando pretendí que me sujetaran al tener que bajar una pequeña pendiente. Luis se deshilachó la sudadera escalando la última ladera. Yo llegué a la cima dando una vuelta que me hizo perderme la puesta de sol que esperábamos. No hablamos en todo el trayecto. Los tres sentados con las rodillas agarradas, mirando un cielo alumbrado de lilas y humedecido de nubes encarnadas. Jorge nos abrazó a los dos. El silencio embelleció el momento.


-         No me pasará nada, está Gaspar.
-         Yo ya he tenido bastante campo, quédate con tu hijo, si quieres.
-         No puedo, lo sabes.
-         Te dejo el móvil, aquí hay cobertura.
-         No podré cargarlo. Gaspar os dará mis noticias.
-         Hijo, no puedo estar sin ti.
-         Yo también os quiero.

Descendimos buscando, cada uno, red en nuestros IPad.






martes, 28 de enero de 2014

Escenarios traumáticos

Sí, esa foto no dejaba lugar a especulaciones. La había tomado mi padre en aquella barca del Retiro. Mi hermano mayor, Claudio, remaba sustituyendo a mi padre mientras hacía la foto.   Mi madre me tenía entre sus piernas y me abrazaba para evitar que, con mis juegos, pusiera en peligro la estabilidad de la barca. Todos sonreíamos, era la imagen de una familia “normalmente” feliz. Una hora más tarde, mi madre nos abandonaba. ¿Por qué, entonces,  la había conservado tanto tiempo?, ¿por qué era ésta la imagen elegida? En casa no había ninguna de ella. Mi padre las había hecho desaparecer. Sólo algunas, recortadas para suprimir su imagen, podían intuir su presencia junto a nosotros.

 Sentí un vértigo, quizás era ese olor a sándalo, a vainilla, ese aroma ácido, el dulzor y la  frescura  del azahar. Era el olor de mi madre, el olor inconfundible de su perfume. El olor con el que me abrazaba. ¿Cómo podía recordarlo con tanta intensidad?, ¿cómo aún me evocaba la misma emoción de tibieza y dulzura? Lloraba. Me mareaba, volví a sentir que las piernas no me sostenían.

¿Qué te pasa, no estás bien? Oía, muy a lo lejos, las voces de mis compañeros que, seguramente, comenzaban a asustarse de mi comportamiento nada habitual. Yo era un experto y ellos, los nuevos, que aún pasaban su periodo de prácticas en un oficio oscuro, que no se aprende en una maestría profesional y, del que, sin embargo, se requieren conocimientos sofisticados y del que se exige una eficacia de excelencia.  Parecía un servicio rutinario. Por eso el jefe me los había encomendado. Una mujer se había cortado las venas en la bañera.
Ya habíamos hecho otros servicios como ése. Era de los más limpios. Aunque dependía de la eficacia de la víctima o, quizás, de lo que lo hubiera premeditado. Si lo hacía en una bañera con agua caliente, si cortaba las venas a lo largo de su brazo; entonces el suicida apenas dejaba rastro. Lo que no parecía el caso.  Nos habían avisado desde la pensión y eso presagiaba que la mujer podía haber hecho una carnicería al tener que realizar numerosos intentos hasta conseguir desangrarse. Aún así, el trabajo era rutinario, clasificado de rutina 3.3. Sólo había que seguir el protocolo.

Cuando llegamos, la sangre mezclada con el agua había sido ya evacuada de la bañera por la policía, cuando retiraron el cadáver por orden del juez. Nos enfundamos los monos blancos, guantes desechables  y tapamos nuestras bocas con mascarillas para evitar tanto los malos olores como sobre todo para protegernos de  posibles contagios. En estos casos el VIH era el más pausible, son los drogadictos los que más suicidios protagonizan. El olor dulzón de la sangre continuaba en el cuarto de baño, también algunos regueros de un rojo negruzco  caían como lágrimas del borde de la bañera. Seguramente, la suicida, mi madre, habría apoyado sus manos sangrantes y contemplado cómo se le iba la vida. Parecía una muerte plácida, deseada, hermosa. Las salpicaduras  -huellas de sus intentos ineficaces-  manchaban la blancura mate de los azulejos, esparcidas como pigmentos espontáneos, impulsivos, en un lienzo expresionista; no mermaban la belleza de la posible escena del crimen.  Raspamos, limpiamos con  lejía diluida en agua en una proporción de 1:10 mezclada con una solución de glutaraldehido y desinfectamos con  agua oxigenada rebajada con un preparado de  hojas aromáticas. Éramos una empresa reconocida y eficiente. El cuarto de baño recuperó su cotidianeidad.

La dueña de la pensión insistió en que retiráramos los efectos personales de la víctima de la habitación. Ningún familiar se había hecho cargo del cadáver. Había que recoger y guardar en cajas de cartón que, precintadas, debíamos entregar a la policía judicial. Era una habitación como tantas, sin pretensiones estéticas, sin rasgos personales del huésped. La dueña tenía prohibido que colgasen cuadros, póster o cualquier objeto que dañase la pintura d e las paredes. Un armario empotrado de hojas corredizas, una mesilla y una cama recubierta por una colcha de password como único elemento que atenuaba la sencillez de la estancia. Un amplio ventanal atiborrado de geranios y otras plantas la dotaban de cierta alegría y le conferían la impresión de espacio vivido. Allí precisamente, en el alfeizar de la ventana, estaba el portarretratos con aquella foto.

Me desmayé.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Andrea, Andreita

Han tocado agonía y he venido corriendo asustada por sí era la niña, como ayer estuvo que se nos iba, vengo sin respiración, se ha calmado? Cesó en ese llanto que parecía un desacuerdo con el vivir?

Y sonríe desde que al izarla su padre la llamó Andrea, como si lo que necesitara para venir al mundo fuera escuchar ese nombre.

!qué ocurrencia!, no le habían puesto Isabel?
Así la nombró D. Paulino al ir a bautizarla y así fue como comenzaron los llantos que nos ahogaban a todos en su pena. Toda la familia descompuesta, entrando y saliendo amas, médicos, comadronas, que la cogían, la elevaban, la mimaban y cada vez que la nombraban Isabel, enrojecía, apretaba manitas y ojos como soltando la ira que la comía y soltaba el llanto como arrojándose por él, como queriendo que se la llevara.
Y así toda la noche hasta que D. Andrés decidió terminar con esa angustia, llamó al cura y comenzaron los responsos. Ya tocaban agonía, como oíste, cuando la levantó y dijo besándole la carita

Viniste al mundo para celebrar mi santo, no te vayas Andrea, mi Andreita

Y cesó el espanto, abrió sus ojitos, recobró la color y  calló.

Así me han criado acunándome con esta nana que para unos es una bendición y para otros es la maldición de esta estirpe de Andreas que es la mía y que, según mi genética, heredé y estoy a punto de trasmitir. Desde qué empezaron las contracciones y siguiendo su ritmo cíclico y espasmódico, se me van desgarrando una a una las Andreas que me precedieron. Todas a una empujamos, respiramos, empujamos, respiramos. Todas a una, desde la primera Andrea, la bisabuela, hasta esta niña que golpea mi vientre como esperando un grito estértoreo como el de mi abuelo para salir

Andrea, Andreita!!!

Mientras mi abuela Andrea paría a mi madre aquel día de San Andrés de 1920 en un barco que las llevaba a ella y a su prole a aquella isla lejana que había soñado como el Paraíso. Mi abuelo Rafael se colgaba del puente de La Alameda.

 Llevaban un mes en el puerto arreglando los papeles y despidiéndose de aquella miseria que los empujaba tan lejos. El abuelo no dejaba su cantinela, resistiéndose a embarcar, agarrándose a sus raíces

Andrea, esto pasará, ya verás, recuperaremos la tierra, sembraremos chícharos, cacahuetes, cebada, y en el verano te recogeré patatas de las rojas, como a tí te gustan, en septiembre volverán los almendros a darnos una hermosa cosecha y tus hijos partirán las almendras en el patio mientras la abuela masculla sus letanías para que a tí no te salga ninguna amarga. Y, aunque te quejas del frío que pasamos vareando los olivos, volverás a reír viendo a tus hijos cómo se comen el hoyo que preparas con la primera prensada de las aceitunas. Ten paciencia, mujer, trabajaré para D. Abelardo y poquito a poco...quizás cuándo vea que trabajo duro, nos baje los intereses y entonces podremos...ya verás mujer. Yo no estoy hecho pa calores húmedos, ya me conoces, lo mío es el secano. A tu hermano le va bien allí en Cuba, pero yo no se sí ... Yo sé desterrar la tierra, y arañarla y caldearla cuando la noche se hace escarcha para que no hiele la flor del almendro, tan temprana y sé...pero tú, Andrea, tu me quieres por eso, por saber presentir lo que quiere nuestra tierra. Qué se yo de otras tan lejanas...Andrea, ten paciencia, se nos ha muerto el hijo varón que tanto deseábamos, no le culpes al hambre de tus pechos secos. Tu eres fuerte, Andrea, siempre lo has sido. Más que yo. Todo se arreglará. Has vuelto a quedarte preñada. Esta hija que esperas será nuestra suerte, ya verás, lo presiento...si tuvieras paciencia...
Los vió embarcar uno a uno a sus ochos hijos, los acomodó como pudo en aquel camarote donde apenas cabían tres. Su suegro le dió los últimos billetes para que llamara a una comadrona que la asistiera en el parto. Y después de entregarle a la mujer lo acordado, le indicó que se adelantara para el barco que el tenía que terminar unas diligencias. Se colgó del puente mientras su grito fue el sortilegio que permitió el alumbramiento de mi madre, Andrea.



Y aquí estoy hoy yo, en este hospital desde la madrugada que rompí aguas. Manuel trata de comportarse con calma y apretando mi mano, repite la cadencia de las contracciones que hemos aprendido en las clases de preparación al parto. Esta niña se llamará Maria. No hay cuestión que discutir. Estoy en un hospital, me sacaran a la niña si no yo no lo consigo. El médico es compañero de Manuel y nos ha dicho que todo viene bien, que las primerizas no empujamos con ganas pero que no nos preocupemos que todo va bien. No quiero que otra Andrea repita la suerte de las mujeres de mi estirpe que agotaron sus vidas sacando adelante a su familia. Como mi abuela que sacó ella sola adelante a sus nueve hijos en aquella isla que terminó siendo para ellos un Paraíso. Mujeres fuertes, valerosas, dispuestas, emprendedoras, pero solas. Como lo estuvo mi madre desde que yo nací, al grito de mi padre

Andrea, Andreita¡


Y saltando por la ventana se largó. Nunca se había adaptado a este país a pesar que la holgada herencia que había recibido mi madre le había permitido tener su propio negocio. No se adaptaba al modo de vida americano: no jugaba al rugby ni nunca supo como encender la barbacoa, detestaba las hamburguesas y la misa del domingo que no eran para el nada más que exhibicionismos de una clase media consumista y decadente.
 Había militado en la isla con los guerrilleros de Sierra Maestra pero mi madre le prohibía hablar de eso delante de nosotras y sólo algunas frases -todos hambrientos, esa es la libertad que tu buscabas?- nos dejaban entrever ese pasado militante de mi progenitor.

Había vuelto de Dallas donde había estado para contactar con un cliente que, según él, era vital para su negocio de armas que iba en picado seguramente por el escaso interés que mi padre ponía en los negocios fueran de lo que fueran. El sueño americano se alejaba de nosotros y mi padre acumulaba fracaso tras fracaso en todos sus empeños empresariales. Confiaba que su experiencia en las armas le valiera para sacar esta vez si, este negocio adelante. Había rechazado a algunos clientes porque desconfiaba del uso que hicieran con las armas que querían comprarle. Ni chicanos, ni cubanos, ni drogo dependientes, ni pandilleros...sospechaba de casi todos y todavía no había conseguido vender ninguna cuando nos habló de un chico que había vivido en Rusia y que militaba en grupos de izquierda. Se entendieron y voló a Dallas para vender su primera escopeta.
Volvió rápido porque mi madre le apremió con el parto y ya estaban en ello cuando entre las primeras contracciones escucharon aquella noticia que convulsionó al mundo, el atentado a JFK. Fue cuando mi padre gritó y ese sortilegio permitió mi nacimiento que ya se retardaba.

Andrea, Andreita¡



No puedo pensar que todo se repita, que no podré alumbrar a mi hija más que al albur de un nombre pronunciado como un sortilegio por un padre que nos abandonará. No, no puedo creer en esas cosas. Soy una mujer culta, preparada, con una mente científica, trabajo en el mejor equipo científico que hubiera podido imaginar. Estoy en NY, en el mejor hospital del mundo atendida en este parto por el mejor obstreta posible que está a punto de llegar a atenderme. Manuel para tranquilizarme ha ido a recogerlo a una de las Torres gemelas donde esta recibiendo un premio. No tardarán son sólo dos calles y me quedo al cuidado de una magnífica matrona con mucha experiencia. No parece que el parto sea inminente, la niña no está haciendo nada por salir.
Suena el teléfono, oigo
Andrea, Andreita!


Mi hija desgarró mi vientre y se hizo pasó a la vida, todo era oscuridad y polvo.

domingo, 18 de agosto de 2013

Veraneo


Desde temprano la luz incendia los cuartos. Ya se barrunta que el día será de alivio. Los pequeños aún duermen desparramados sobre las sábanas. Ni el olor del café recién hecho aviva las sienes abotargadas de sudores. Cayetano apura su taza de un sorbo lento apurando así la galbana. Has preparado la nevera? Si quieres que se conserven fresquitas envuelve las en una toalla...Carmen recita su letanía como una de esas voces anónimas que desde el teléfono nos instan a tomar decisiones sin permitirnos ni la menor dubitación. Qué dices? Niña, no quieres otro café? Mejor te voy a preparar un zumo de granas que tanto te gustan. Me las dio Néstor del huerto ayer tarde. Fíjate que pronto vienen este año. Um! Um! Granadas!!!! Cómo me apetecen! Voy a comerlas mordiendo los granos uno a uno, haciendo que cada grano rechine en mis dientes hasta que suelte su dulce amargor. Um! Um! Me ayudas a pelar las? El tiempo que tardemos será nuestro. Y la playa? Y los niños? Hoy jugaremos juntos todo el día. Esto es el mejor veraneo!!! 

Enviado desde mi iPhone

miércoles, 12 de junio de 2013

Al teléfono

En hilera
cabinas plateadas engullen
confidencias, cobijan secretos
secuestran deseos, desemascaran  frases
palabra a palabra
En hilera
como ataudes metalizados
resguardan
la intimidad uniforme
cobijo espejo
cristal reflejo
publico sin nombre
al teléfono

domingo, 26 de mayo de 2013

miércoles, 24 de abril de 2013